divendres, 2 de març de 2012

Un nou tresor romà



Los responsables de la excavación y el director del museo han presentado los resultados de los trabajos que han puesto patas arriba el edificio —ha habido que envolver la galera real para protegerla— desde 2010 y que está previsto que concluyan a finales de este año. Las obras darán paso a la adecuación del edificio para que reabra como museo marítimo en la primavera de 2014.

La tercera sorpresa derivada de los trabajos arqueológicos realizados en el edificio de las atarazanas de Barcelona en los últimos dos años ha sido que la construcción medieval, que mandó levantar Pere II el Gran, estaba mucho más cerca del mar que la que se puede ver hoy. “Llegaba casi a la fachada del edificio de la Aduana”, aseguran los arqueólogos Iñaki Moreno y Esteve Nadal, que han realizado catas junto al paseo de Josep Carner que han demostrado que las naves góticas se prolongaban.

Barcelona, aunque pueda parecer extraño, no tuvo un puerto propiamente dicho hasta el siglo XV (tal como se ve en el magnífico dibujo de Wyngaerde de 1563). Su construcción alteró la línea de costa de tal modo que hizo que el edificio de las atarazanas, parte del cual estaba descubierto, sufriera los continuos embates del mar. Eso obligó a desplazar el conjunto hacia la montaña un siglo después y a construir unas instalaciones que acabaron sustituyendo a las primeras. “El problema fue que el sistema arquitectónico había funcionado tan bien que se copió y no ha habido forma de saber qué pertenecía a cada época”, apunta Moreno bajo uno de los arcos. “La nueva datación no devalúa el edificio, lo revaloriza”, explica el director del museo, Roger Marcet, durante la visita a las obras, que tienen un presupuesto de 17 millones de euros, 700.000 para la excavación, que pagan la Diputación, el Ayuntamiento y el Puerto de Barcelona. “Ahora conoceremos con precisión las fases de construcción y tendremos que variar el discurso histórico y su importancia”, aseguró.


Una de las urnas de cristal aparecidas en el mausoleo romano del siglo I / JOSÉ LUIS BIEL
Que estos astilleros habían sido importantes se sabía, ya que aquí se construyó, entre otros muchos barcos que surcaron los mares durante varios siglos, la galera de Juan de Austria, que capitaneó la batalla de Lepanto en 1571 —de la que se exhibe una réplica a escala real—, pero lo que habrá que reconsiderar, a partir de los últimos datos, es el papel de esta instalación en la corte de los Austrias. “La remodelación profunda que se hizo en el siglo XVI de estas atarazanas las convirtió en las más importantes de la Península”, aseguró Marcet.

Los hallazgos han dado una última sorpresa: la localización de la estructura arquitectónica de una perforadora de cañones utilizada en el siglo XVIII —cuando en el edificio se fabricaban armas— que hasta ahora se conocía por dibujos.

De todo lo encontrado: ungüentarios de cristal y cerámicas romanas, fragmentos de mármol con inscripciones, 41 monedas romanas, medievales y modernas, los visitantes podrán ver, a partir de 2014, la gran atarazana del siglo XVI con los techos de madera y los sillares de piedra completamente restaurados; la base de algunos de los pilares medievales, lo que permitirá comprobar por dónde discurría el edificio del siglo XIII, y el mausoleo con algunas de las cinco urnas funerarias de vidrio, que se han conservado intactas después de 20 siglos, a menos de medio metro de ese suelo tan pisoteado.

Notíc publicada a El País.